Lanzó el bolso
y el abrigo sobre la cama, demasiado concentrada en su odio hacia el mundo como
para ser consciente del bulto sentado en la silla frente al escritorio.
-Hola,
Gabrielle – Canturreó poniéndose en pie.
-¡Joder! –
Gritó la aludida, llevándose una mano al pecho.
Su corazón
latía a un ritmo sencillamente inhumano, su respiración se había hecho más
pesada, un agudo e irritante pitido se había apoderado de su canal auditivo y
sentía una gran presión en el cráneo, como si le fuera a estallar la cabeza.
-¿Qué haces tú
aquí? – Preguntó, tensando absolutamente todos los músculos de su cuerpo.
-Tú me has
llamado – Respondió la alta chica rubia encogiéndose de hombros - ¿Vas a pedir
ayuda? – Inquirió con una sonrisa de diversión - ¿Después de todos estos años
aún no sabes que nadie más puede verme? Nadie más que tú, Gabrielle, porque tú
eres la única de tu entorno que necesita verme, que necesita hablar conmigo y
que la ayude… ¿Ne? – Rió encantada, y se dejó caer sobre la cama, con tanta
elegancia, que la hizo sentir insultada – Ahora estás obsesionada con la
cultura asiática ¿eh? Más que antes ¿Verdad? – Se burló con una cruel sonrisa.
-¡Ah por el
amor de Dios! ¡Cállate! – Gruñó Gabrielle comenzando a perder los papeles –
Puede que haya pensado en ti – Reconoció a regañadientes – Pero lo descarté al
instante. No te necesito, y hace tiempo que renuncié a tener cualquier tipo de
contacto contigo.
-Si no me
necesitas… ¿Qué hago aquí? – Preguntó ojeando uno de los cuadernos de la chica,
fingiendo cierta indiferencia pero, alguien tan cruel jamás podría engañarla de
aquella manera. Y Gabrielle ya la conocía más que de sobras.
-Supongo que
cometí el error de pensar en que puedo controlarlo – Reconoció con una sonrisa nostálgica. Realmente había
madurado ¿Quién lo diría? – Pero ahora que se cómo eres… sé que no puedo
confiar en ti.
-No. Sabes que
sin mí no eres nada – Le espetó Ana, poniéndose en pie – Sabes que me
necesitas, sabes que jamás has sido tan feliz como cuándo me dejaste ayudarte
Gabrielle. Sabes que esto es mucho más de lo que creíste en un principio. Sabes
que no puedes seguir adelante sin mí.
-Lo… lo siento
pero… No puedo. No puedo volver a esto, Ana – Tartamudeó la chica, sintiendo
con gran frustración cómo volvía a vacilar ante sus argumentos.
-Vamos pequeña…
vamos – Se acercó a abrazarla, y susurrar el resto de su envenado discurso
directamente en su oído, como si no quisiera arriesgarse que se perdiera una
sola palabra en el proceso – Sabes que yo voy a estar aquí para ti por muy
cruel que tú seas conmigo. Te juro que nada de lo que puedas hacer, hará que yo
me aparte de ti – La meció suavemente entre sus brazos – Sabes que jamás te
haría daño. Sabes que te adoro y que lo único que quiero es que alcances todo
el potencial que tienes guardado dentro y que parece que has olvidado
¿Recuerdas aquellas notas en tu cuaderno? ¿Las que te ayudé a hacer? Un
pajarito me ha contado que las has estado siguiendo religiosamente esta semana
y que te sentías de maravilla…
-Sí. Eso es
cierto – Confesó Gabrielle en apenas un susurro – Supongo que… te echo de
menos. Mucho. Demasiado.
-¿Sabes cuál es
el problema, pequeña? – Preguntó Ana. No esperó respuesta, claro – Que tú y yo,
somos casi la misma persona. Yo me he llevado una parte de ti, y tú has acogido
otra de mí. Estamos unidas por una especie de conexión especial pequeña, y nada
podrá separarnos nunca.
Se separó de
ella para mirarle a los ojos.
-Sabes que te
haré sentir mejor de lo que nunca te has sentido – Murmuró con un tono de voz
poco menos que hipnótico – Sabes que si tomas mi mano volverás a ser feliz,
pequeña ¿Qué me dices?
Gabrielle se
quedó helada durante unos segundos, contemplando con una mezcla de horror y
deseo la mano que la chica le tendía con una radiante sonrisa, que dejaba de
ser “radiante” para convertirse en una mueca cruel y sádica cuánto más la
contemplaba. Pero no tenía derecho a juzgar.
Ella también
era así.
-¿Qué me dices
Gab? – Insistió Ana, al tiempo que un suave brillo de urgencia se asomaba a sus
grandes ojos azules.
Gabrielle no
contestó, y se limitó a tomar su mano cerrando los ojos.
Se sintió
frustrada, cobarde, inmadura, inconsciente… Pero por otro lado, el tacto de la
fría mano de Ana, la hizo sentir como si
estuviera en casa; acogida, cuidada, querida. Se sintió como una joya que la
chica pensaba pulir hasta que brillara con todo su esplendor.
Ana la abrazó,
y la hizo volver a la realidad con un último susurro envenenado.
-A ver cuánto
duras esta vez, pequeña.
