viernes, 18 de abril de 2014

Zero gravity

Hay poco que pueda recordar de aquella noche además de sus ojos verdes.
Los caprichos de la genética, en función del lugar geográfico en el que vivía, me habían mostrado innumerables tonos de iris marrones, todos distintos y con peculiaridades que los hacían inolvidables; castaños, avellana, ámbar, miel… Incluso ojos azules que comprendían casi todas las tonalidades posibles. Pero era la primera vez que veía semejante color sin retoques.
Necesitaría una tabla del espectro de colores para poder dar con uno mínimamente parecido a aquel que consiguió mantenerme obnubilada durante más tiempo del que resultaría digno admitir. Y aun así no podría explicar el escalofrío que recorrió mi cuerpo con una intensidad devastadora, haciéndome estremecer ante aquella sonrisa cómplice que esbozó al ser consciente de cómo le miraba.
No voy a mentir, había bebido bastante. Lo suficiente hasta alcanzar el punto justo entre un poco y lo suficiente.
Se acercó a mí con una sonrisa que en el momento se me antojó de lo más sarcástica y procedió a presentarse; o al menos eso es lo que deduje a la mañana siguiente, al despertarme en el que suponía su apartamento, una vez me sentí lo suficientemente sobria como para repasar los hechos y sacar las conclusiones que el alcohol me negó en su momento.
En el momento lo achaqué al nivel de decibelios de la música, que hacía vibrar incluso mi cerebro, pero lo cierto era que mi raciocinio había entrado en un largo letargo que me impedía registrar el sonido que parecía salir de su boca. Era como ver un vídeo des sincronizado: Seguía embelesada el movimiento de sus labios y captaba alguna palabra suelta a destiempo que me proporcionaba una vaga idea de lo que estaba diciendo y me permitía identificar los momentos en que debía sonreír, asentir o reír deleitada por su ingenio.
Cuánto más me esforzaba en mantenerme alerta y prestarle atención, más acusado me resultaba aquel placentero hormigueo que recorría mi cuerpo de pies a cabeza, como un suave masaje de frío y calor que me seducía poco a poco para abandonarme a un profundo sopor en que todo lo que sentía parecía amplificado, como demostró la suave caricia que depositó sobre mi hombro desnudo y que me nubló por completo el juicio.




jueves, 13 de febrero de 2014

Back to you.

-Vuelve a tocarme y te juro que será la última vez que lo hagas. – Tiró con fuerza para librarse de aquella mano que la retenía por las muñecas.
-¿Quieres apostar algo? – Gruñó él, intentando por todos los medios no perder la paciencia y hacer algo de lo que después pudiese arrepentirse.
Soltó su brazo, tal y como ella exigía, y desvió la mirada para intentar esconderse de todo aquel odio que ella parecía irradiar y atravesaba su cuerpo como una furiosa marea de mudos reproches que hacia jirones el poco afecto que podía quedar entre ellos dos.
-Me das asco. – Susurró temblando una vez perdió definitivamente el control.
Él no dijo nada. Tampoco tenía nada que decir.
Apoyó la espalda contra la pared y dejó que su cuerpo, sin fuerzas ya, fuese resbalando poco a poco hasta toparse con el suelo. Pero no era suficiente; deseaba que se abriese un agujero hasta el centro de la tierra para poder seguir cayendo, para poder esconderse en el lugar más recóndito del mundo de aquellas lágrimas que le atormentarían durante más tiempo del que imaginaba.
Escondió la cara entre las manos escuchando cómo ella recogía su bolso y su abrigo y salía del salón como un torbellino, arrasando con todo cuanto encontraba a su paso. Quería levantarse e impedir que se fuese, quería agarrarla, abrazarla, besarla. Quería jurarle que jamás volvería a hacerle daño. Pero no podía mentirle de nuevo, no a ella, así que simplemente esperó a escuchar la puerta cerrarse, haciendo temblar los tabiques, el apartamento, el edificio entero…
Y allí esperó sentado, a que el asco que sentía por sí mismo remitiese lo suficiente como para poder volver a dirigir la mirada a su reflejo en la ventana frente a él.
**
Llovía con demasiada fuerza como para poder conciliar el sueño. Aunque quizás el problema fuese su sentimiento de culpa tratando de ahogarle durante la noche, decidió una vez se dio por vencido.
A pesar de estar despierto, imaginando cientos de finales alternativos para la discusión de aquella tarde, el agudo sonido del timbre que rasgó el silencio de aquella noche de Octubre le provocó un pequeño espasmo de sorpresa. Corrió hacia la puerta con expresión alarmada, y abrió los ojos como platos al encontrarla a ella, completamente empapada y con los ojos enrojecidos.
-Yo… - Sentía los latidos de su corazón demasiado cerca de la garganta como para poder mantener un tono de voz estable, y un ligero hormigueo en la cabeza que se iba extendiendo poco a poco hacia sus ojos.
Ella estiró una de sus pequeñas, pálidas y frías manos hasta rozar suavemente su mejilla, y secó algo húmedo que parecía deslizarse inexorablemente de camino a sus labios.  
-No lo entiendo. – Murmuró ella, esbozando una de las sonrisas más tristes que jamás hubiese visto. – Hagas lo que hagas, por terrible que sea, siempre vuelvo a ti. Y no lo entiendo. – Prosiguió con la voz entrecortada. – Hay algo que me trae de vuelta aquí. Y es lo peor que me ha pasado en la vida. – Concluyó dejando caer su brazo, como si se hubiese quedado sin fuerzas y ya no fuese capaz de mantenerlo alzado.
Todo lo que se le vino a la cabeza fueron cientos de disculpas, todas diferentes y rematadas por las súplicas más lastimeras que jamás había escuchado. Pero justo en el momento en que abría la boca para hablar, ella la cubrió con la suya precipitándose al interior del apartamento, encharcando la camiseta y los pantalones con los que él solía dormir con su abrigo, que todavía chorreaba parte de la lluvia que le había sorprendido durante el camino.
-Hey… -La agarró por los hombros intentando separarla, pero no tenía suficiente voluntad como para luchar contra el deseo de ambos. Con lo cual modificó levemente la maniobra para deshacerse del pesado abrigo que había ido dejando un reguero de agua tras ellos dos. – No deberías ir por la calle sin paraguas, - Consiguió murmurar entre jadeos. – Mira cómo te has puesto.
-La camisa también está mojada. – Susurró ella apartándose para desabrochar la prenda, quitársela y dejarla caer al suelo, sin apartar aquellos grandes ojos avellana de los suyos. – Y, lamentablemente, tu camiseta ha corrido la misma suerte. – Añadió acercándose a él para deslizar sus frías manos por la superficie de su torso, agarrar la tela por las costuras y tirar hacia arriba.
Notaba el encaje de su sujetador rozando su pecho. Podía oler su perfume, como si se le hubiese clavado en el cerebro. Se le erizaba la piel allá por dónde sus uñas pasaban. Pero, a pesar de aquel estado de embriaguez en el que se encontraba, su razón consiguió imponerse el tiempo suficiente como para darse cuenta de que, si permitía que aquello llegase más lejos, no haría más que volver a herirla, probablemente más que nunca.
Era perfectamente consciente de la red de mentiras que había ido construyendo poco a poco alrededor de sí mismo, sabía que las utilizaba para poder esconderse del mundo, para no mostrar su apariencia real, con el único objetivo de huir del rechazo de los demás. Lo que no alcanzaba a comprender era por qué continuaba con aquella farsa, si ella misma le había asegurado en cientos de ocasiones que jamás se iría. “Jamás te dejaré solo”  fue la frase exacta que aún reverberaba en sus oídos. La frase exacta, que consiguió arrojar un poco de luz en su oscura y vacía existencia.
Lo sabía. Lo leyó en sus ojos y entendió que no era más que la pura verdad, pero algo en su interior seguía empeñándose en impedirle creer ciegamente aquellas cuatro palabras, planteándose el significado oculto tras aquella frase, buscando la mentira.
-Lo siento. – Susurró acariciando su espalda para evitar que se hiciese daño al empujarla contra la pared. – Lo siento tanto, pequeña. Tanto, que ni siquiera encuentro las palabras para decirlo.
-No te preocupes. No tienes que seguir fingiendo,  -Murmuró ella con aquella suave voz suya que parecía deslizarse suavemente por el aire. – Yo sabía cómo eras, sabía a qué me exponía. Me has hecho daño, sí. Pero si he vuelto es por algo así que, por favor, no te fuerces a buscar excusas.
-No… no es una excusa, - Jadeó al sentir como ella tiraba para eliminar el espacio entre sus cuerpos. – te quiero. Y probablemente jamás me haya arrepentido de algo tanto cómo de haberte engañado. – Acarició su costado, tratando de recuperar el control sobre su voz que vibraba como una cuerda recién tensada.
-No te creo. – Susurró ella en su oído. – Pero no te preocupes. Sigo queriéndote, y seguiré volviendo, al menos hasta que me asestes el golpe final .Así lo decidí, aunque no llegue a entenderlo.
Se dio entonces cuenta de que había sido él quién había ido convirtiendo gradualmente aquel “Jamás te dejaré solo”  en “Hasta que me asestes el golpe final”.



Y ese es el problema de las personas que no saben confiar en los demás: Rompen aquello que quieren, para evitar que los rompa a ellos. 


domingo, 9 de febrero de 2014

Elise

-Viens ici.
 Su encantadora risa retumbó en mis oídos, como una canción que necesitaba escuchar en bucle una y otra vez. Una canción de la que jamás me cansaría.
Me acerqué a ella con paso vacilante, demasiado afectado por el alcohol, era todo culpa del último whisky que había bebido, sin duda, y alargué la mano en un fútil intento por agarrar el borde de su vestido y atraerla hacia mí con un suave tirón. Recogerla contra mi pecho, estrecharla entre mis brazos e incluso susurrar en su oído alguna declaración de intenciones totalmente impropia de un caballero.
Ella volvió a reír, y yo sonreí de nuevo como un pobre borracho que no entiende lo que sucede a su alrededor, pero se siente bien. Muy bien.
-Elise – La llamé arrastrando las consonantes más de lo aceptable.
-Dis-moi – Susurró tomando mi barbilla con sus frías manos para acercar su cara a la mía.
Juro que jamás había visto unos ojos tan verdes ni un unos labios tan rojos.
Puestos a jurar, juro también que jamás había visto un pelo castaño tan brillante ni unas curvas tan armónicas contorneando el cuerpo de una mujer.
-¿Te encuentras bien? – Preguntó en un precario español, con aquel acento francés suyo que le hacía marcar tanto las erres.
Todo lo que puedo recordar tras aquella pregunta es el hipnótico movimiento de sus labios rojos cereza, dibujando palabras que no se relacionaban con ningún concepto una vez llegaban a mi cerebro. Negué enérgicamente con la cabeza, hasta sentir un agudo dolor que me obligo a detener el brusco movimiento.
-Viens avec moi – Susurró una vez más, tirando suavemente de mí para conseguir que la siguiese hasta el dormitorio.
Recuerdo la fugaz visión de su verde negro cayendo a mis pies, y después todo se volvió negro.
No fue hasta la mañana siguiente que pude volver a pensar con claridad. Me giré para deleitarme en la exquisita visión de Elise desnuda y enredada en mis sábanas pero, para mi sorpresa, estaba solo en la cama. Me incorporé con precaución, temiendo la resaca que sin duda amargaría mi día, y eché un confuso vistazo por la habitación con escaso resultado: Elise no estaba.
Me puse en pie desconcertado, y comencé a dar vueltas por la suite que había reservado en el último momento a petición suya, incapaz de creer que aquella dulce, e inocente chica se hubiese ido sin más.
Recuperé mis pantalones para buscar frenéticamente mi teléfono móvil, y llamarla para averiguar dónde estaba; quizás hubiese bajado a la cafetería del hotel. Y fue al revisar los dos bolsillos cuándo comprendí que sucedía: Elise no estaba. Mi cartera tampoco.

lunes, 3 de febrero de 2014

Tranquila, estoy aquí.

Supongo que nunca fui realmente consciente de lo rota que estaba hasta aquella tarde en mi piso; una tarde de cielo plomizo, ambiente cargado y aire tenso. Una de esas tardes que cansan, que impregnan el último rincón de tu consciencia de pensamientos deprimentes y te agotan hasta el punto de tan solo desear dormir.  
Sentía una fuerte desesperación que me carcomía por dentro, un cansancio emocional que me mantenía constantemente al borde del llanto si tan siquiera saber por qué, hasta el punto de no ser capaz de derramar una sola lágrima más. Podría decirse que llegué al punto de sentirme tan mal que ni siquiera era capaz de sentir.
Y de todos aquellos que me rodeaban, solo tú te diste cuenta de lo que estaba pasando. Solo tú fuiste capaz de percibir aquella sombra gris que se apoderaba poco a poco de mi parte consciente y me obligaba a moverme por el mundo cual autómata, sin motivo ni objetivo, sin ganas, sin alegría, incapaz de encontrar un solo motivo para amar una vida que no había pedido y que, finalmente, decidí que no quería vivir.
Recuerdo como si fuese ayer el momento en que saliste a la terraza a ofrecerme un cigarrillo, y te quedaste apoyado en el marco de la puerta impactado por la imagen con la que te encontraste. Pude ver el miedo dibujado en tu rostro cuándo me viste admirar con nostalgia el trecho que se extendía desde mi terraza hasta el suelo de la calle, e incluso cómo tu cuerpo se tensaba al registrar mis manos apretadas en torno a la barandilla, como si estuviese reuniendo la fuerza necesaria como para saltar y salvar aquella distancia en menos de lo que duraba un parpadeo.
Te acercaste, acariciaste mi pelo, tomaste mi mano acariciando mi muñeca con la que te quedaba libre y tiraste suavemente de mí hasta acomodarme contra tu pecho en la posición ideal para rodearme con más fuerza de la que jamás habías imprimido a ninguno de tus abrazos.
Fue probablemente el sentir la firmeza de tus manos en torno a mi cintura lo que me devolvió momentáneamente a la realidad, haciendo que me agarrase a tu jersey como si este fuese mi único sustento ante el vacío que parecía extenderse a mis pies.
-Tranquila. – Susurraste en mi oído.- Estoy aquí.
Y de repente, el mundo pareció comenzar a solucionarse por algún tipo de orden divina, incomprensible para un mediocre cerebro humano.




lunes, 20 de enero de 2014

Este mundo... me asquea.


Este mundo… me asquea.

-No es justo. Nadie dijo que lo fuera, cierto. Pero en cierto modo… me siento estafado ¿Sabes? – Apreté los puños y mordí mi labio inferior, resuelto a mantenerme tan firme y sereno cómo me fuese posible. – No es justo. No he hecho más que intentar hacer feliz a la gente, me he preocupado por mis semejantes, siempre he brindado mi ayuda a aquellos que la necesitaban. No peco de envidia, no miento, respeto a todos aquellos que me rodean… Así que ¿Por qué?

Es lo peor. Sencillamente, lo peor.

-Todo lo que pedí, lo único que he necesitado en toda mi vida, eras tú… - Gruñí al sentir que me faltaba el aliento. No pude evitar que mi mirada perdida vagase sin rumbo hasta quedar clavada en la lápida que se erigía a mis pies. Traté por todos los medios de no enfocarla; intenté con las pocas fuerzas que me quedaban evitar leer su nombre. Pero allí seguía, grabado en la piedra, como eterno recordatorio de que se había ido.

No sé si existe el destino pero, en caso de que así sea, desde luego no es justo.

Sentí de nuevo aquel agudo pinchazo en mi pecho a medida que iba recorriendo todas y cada una de las letras que formaban su nombre, saboreando mis propias lágrimas a medida que iban descendiendo por mis mejillas hasta toparse inevitablemente con mis labios, fruncidos por la ira que cada vez me costaba más retener. Aunque, de todas formas ¿Por qué la retenía siquiera?
Lo único que me apetecía en aquel momento era gritar hasta sentir como el interior de mi garganta se ajaba, como mis cuerdas vocales cedían a la presión del aire, como mis pulmones estallaban incapaces de contener más aire en su interior.
Quería golpear el muro de piedra que rodeaba el lugar, patear las verjas, destrozar el jardín.
Quería algo o alguien con quien pagar la frustración que albergaba en mi interior y que no me dejaba vivir. El odio extremo hacia todo aquello que me rodeaba y nublaba mi visión día tras día, ocultando con aquel fino pero persistente manto gris todo aquello bueno que una vez vi a través de mis ojos castaños, todo lo bueno 
que algún día vieron los suyos.

Lo único que quería, lo único que necesitaba… eras tú.

-Este mundo… su orden, su funcionamiento… me asquea. – Murmuré sintiendo como las fuerzas me fallaban repentinamente, una vez mi cuerpo fue incapaz de soportar la presión y comenzó a colapsar. – Recuerdo lo mucho que insistías en que tenía que empezar a preocuparme por mí mismo en lugar de los demás, lo segura que estabas de que nadie me iba a devolver todo aquello que yo daba y ¿Sabes qué? Parece que tenías razón. – Me froté los ojos con la manga del abrigo, decidiendo que ya había llorado lo suficiente. No iba a solucionar nada gimoteando como un cachorrillo perdido. – Aunque jamás pensé que fuese a descubrirlo así. – Paré unos segundos para tomar una bocanada de aire. – Ahora te entiendo Sarah. Y siento no haberte hecho caso antes. Je t’aime. – Me despedí girándome, incapaz de soportar aquella visión durante más tiempo.

-“Este mundo… c’est dégoûtant” – Se quejó frunciendo su pequeña nariz respingona.
-Que exagerada eres. –Rebatí riendo, incapaz de dejar de recrearme en aquel adorable mohín suyo.
-Ya me lo dirás dentro de unos años. –Insistió con aire altivo.

-El mundo jamás será “repulsivo” como tú dices mientras te tenga a mi lado para alegrarme los días.”

I just want you