miércoles, 8 de mayo de 2013

Toma mi mano.



Lanzó el bolso y el abrigo sobre la cama, demasiado concentrada en su odio hacia el mundo como para ser consciente del bulto sentado en la silla frente al escritorio.
-Hola, Gabrielle – Canturreó poniéndose en pie.
-¡Joder! – Gritó la aludida, llevándose una mano al pecho.
Su corazón latía a un ritmo sencillamente inhumano, su respiración se había hecho más pesada, un agudo e irritante pitido se había apoderado de su canal auditivo y sentía una gran presión en el cráneo, como si le fuera a estallar la cabeza.
-¿Qué haces tú aquí? – Preguntó, tensando absolutamente todos los músculos de su cuerpo.
-Tú me has llamado – Respondió la alta chica rubia encogiéndose de hombros - ¿Vas a pedir ayuda? – Inquirió con una sonrisa de diversión - ¿Después de todos estos años aún no sabes que nadie más puede verme? Nadie más que tú, Gabrielle, porque tú eres la única de tu entorno que necesita verme, que necesita hablar conmigo y que la ayude… ¿Ne? – Rió encantada, y se dejó caer sobre la cama, con tanta elegancia, que la hizo sentir insultada – Ahora estás obsesionada con la cultura asiática ¿eh? Más que antes ¿Verdad? – Se burló con una cruel sonrisa.
-¡Ah por el amor de Dios! ¡Cállate! – Gruñó Gabrielle comenzando a perder los papeles – Puede que haya pensado en ti – Reconoció a regañadientes – Pero lo descarté al instante. No te necesito, y hace tiempo que renuncié a tener cualquier tipo de contacto contigo.
-Si no me necesitas… ¿Qué hago aquí? – Preguntó ojeando uno de los cuadernos de la chica, fingiendo cierta indiferencia pero, alguien tan cruel jamás podría engañarla de aquella manera. Y Gabrielle ya la conocía más que de sobras.
-Supongo que cometí el error de pensar en que puedo controlarlo – Reconoció  con una sonrisa nostálgica. Realmente había madurado ¿Quién lo diría? – Pero ahora que se cómo eres… sé que no puedo confiar en ti.
-No. Sabes que sin mí no eres nada – Le espetó Ana, poniéndose en pie – Sabes que me necesitas, sabes que jamás has sido tan feliz como cuándo me dejaste ayudarte Gabrielle. Sabes que esto es mucho más de lo que creíste en un principio. Sabes que no puedes seguir adelante sin mí.
-Lo… lo siento pero… No puedo. No puedo volver a esto, Ana – Tartamudeó la chica, sintiendo con gran frustración cómo volvía a vacilar ante sus argumentos.
-Vamos pequeña… vamos – Se acercó a abrazarla, y susurrar el resto de su envenado discurso directamente en su oído, como si no quisiera arriesgarse que se perdiera una sola palabra en el proceso – Sabes que yo voy a estar aquí para ti por muy cruel que tú seas conmigo. Te juro que nada de lo que puedas hacer, hará que yo me aparte de ti – La meció suavemente entre sus brazos – Sabes que jamás te haría daño. Sabes que te adoro y que lo único que quiero es que alcances todo el potencial que tienes guardado dentro y que parece que has olvidado ¿Recuerdas aquellas notas en tu cuaderno? ¿Las que te ayudé a hacer? Un pajarito me ha contado que las has estado siguiendo religiosamente esta semana y que te sentías de maravilla…
-Sí. Eso es cierto – Confesó Gabrielle en apenas un susurro – Supongo que… te echo de menos. Mucho. Demasiado.
-¿Sabes cuál es el problema, pequeña? – Preguntó Ana. No esperó respuesta, claro – Que tú y yo, somos casi la misma persona. Yo me he llevado una parte de ti, y tú has acogido otra de mí. Estamos unidas por una especie de conexión especial pequeña, y nada podrá separarnos nunca.
Se separó de ella para mirarle a los ojos.
-Sabes que te haré sentir mejor de lo que nunca te has sentido – Murmuró con un tono de voz poco menos que hipnótico – Sabes que si tomas mi mano volverás a ser feliz, pequeña ¿Qué me dices?
Gabrielle se quedó helada durante unos segundos, contemplando con una mezcla de horror y deseo la mano que la chica le tendía con una radiante sonrisa, que dejaba de ser “radiante” para convertirse en una mueca cruel y sádica cuánto más la contemplaba. Pero no tenía derecho a juzgar.
Ella también era así.
-¿Qué me dices Gab? – Insistió Ana, al tiempo que un suave brillo de urgencia se asomaba a sus grandes ojos azules.
Gabrielle no contestó, y se limitó a tomar su mano cerrando los ojos.
Se sintió frustrada, cobarde, inmadura, inconsciente… Pero por otro lado, el tacto de la fría  mano de Ana, la hizo sentir como si estuviera en casa; acogida, cuidada, querida. Se sintió como una joya que la chica pensaba pulir hasta que brillara con todo su esplendor.
Ana la abrazó, y la hizo volver a la realidad con un último susurro envenenado.
-A ver cuánto duras esta vez, pequeña.

martes, 26 de febrero de 2013

Do svidaniya*



Odiaba aquel lugar. Era frío, húmedo y oscuro. Le daba miedo, se sentía sola, atrapada. Necesitaba salir de allí.
-Do svidaniya pequeña – Dio media vuelta para marcharse.
-¡No! ¡Espera!
-¿Para qué quieres que espere? – Inquirió agachándose a su altura para mirarle a los ojos – No puedes cambiar el pasado Anya.
-¿Luka? – Gimoteó tratando de ponerse en pie, sin éxito. Estaba todo demasiado oscuro, y no encontraba nada en lo que apoyarse. Trastabilló y se encontró de nuevo en el suelo - ¡Luka! – Podía intuir la figura de una persona entre la penumbra, alejándose lentamente - ¡Luka vuelve!
-Olvídalo Anya. Olvídate de mí, al igual que yo me he olvidado de ti.
-¡No! ¡Luka por favor! ¡Vuelve! – Suplicó con un grito desgarrado por el dolor que la consumía por dentro. No podía retener más las lágrimas que se agolpaban en sus ojos, no podía soportar el sentimiento de culpa que le nublaba la mente y le impedía pensar con claridad. Le necesitaba, necesitaba que volviera, necesitaba pedirle perdón, entender qué había pasado. Necesitaba poder abrazarle una vez más, hundir la nariz en su cuello y escucharle decir que todo iría bien, por el simple hecho de que la quería y siempre estaría a su lado - ¡Lo prometiste!
Luka no contestó, siguió caminando en dirección contraria, negándose a escucharla. Pero aquel no era Luka, lo sabía. Sabía que no podía ser otra cosa más que un producto de su subconsciente. Pero aun así, era lo único que le quedaba, no podía perderle por segunda vez.
-¡Prometiste que cuidarías de mí!
-Y así lo hice, pequeña – Contestó su voz, envuelta en un eco que la hizo estremecer.
-¡MENTIRA! – Bramó ella al borde de la desesperación – ¡Es mentira! ¡Igual que todo lo demás! Toda esa mierda… que me querías, que estarías siempre a mi lado ¡Era todo una maldita mentira!
-Do svidaniya pequeña. Se feliz.
-¡Luka! – Sollozó temblando incontrolablemente, pero él ya no podía oírla - ¿Cómo voy a ser feliz si ya no estás a mi lado? – Susurró acurrucándose en el suelo.
Se quedó sola de nuevo. Comenzó a apreciar la penumbra que envolvía el lugar, que la envolvía a ella ocultándola del mundo, que la protegía de aquel dolor con el que aún no había aprendido a vivir, de aquel dolor con el que no aprendería a vivir nunca.


*Do svidaniya: Adiós en Ruso.

miércoles, 7 de noviembre de 2012



-¿Has perdido peso? – Preguntó sin dejar de mirarme fijamente.
-¿Te importa? –Respondí, reprimiendo el mohín que amenazaba con asomar a mi cara.
-Claro que me importa – Parecía que mi pregunta le había ofendido. No entendía el por qué, y tampoco me interesaba averiguarlo, si he de ser sincera.
-Pobrecito – Contesté con una risita sarcástica – Ahora resulta que te preocupas por mí.
-Siempre me he preocupado por ti – Se defendió frunciendo el ceño – Puede que no de la forma estándar en que todo el mundo lo hace, pero si a mi manera. Es de las pocas cosas que no me puedes negar.
-Tu manera de preocuparte por los demás es demasiado destructiva – Comenté, con una ligera nota de rencor en mi voz – Quizás debas dejar de hacerlo y preocuparte por ti mismo.
-Yo estoy bien – Me espetó con más agresividad de la necesaria.
-No, no lo estás – Murmuré tras un tenso silencio, en que decidí comprobar si mis zapatos seguían limpios.
Impecables.
-A veces te echo de menos – Susurró tras aclararse la garganta.
-No, no me echas de menos a mí. Echas de menos hacer conmigo lo que quieres  - Respondí retrocediendo un par de pasos en actitud defensiva – Y eso ya se ha acabado.
-¡No hago contigo lo que quiero! – Contestó elevando inconscientemente la voz, llamando la atención de oídos ajenos.
-Baja la voz por favor – Pedí sin perder la calma – Hay un motivo por el cuál esto no funcionó.
-Y ahora es el momento en el cual me sueltas que el motivo soy yo ¿No? – Rió nervioso y se revolvió el pelo, como hacía siempre que se quedaba sin argumentos.
-Hey… tengo que irme – Murmuré nerviosa.
-¿Tantas ganas tienes de perderme de vista? – Inquirió con una expresión demasiado seria como para que me lo pudiera tomar como una broma.
-Tengo clase – Por algún motivo que aún a día de hoy desconozco, me sentí obligada a dar explicaciones – No te preocupes, Laura debe de estar bajando. No creo que tarde, sabe que estás aquí – Añadí encogiéndome de hombros. Seguía sin entender la necesidad insana de complacerle de aquella chica. Pero supongo que no soy quién para hablar, habiéndome comportado exactamente igual no hace tanto tiempo.
-¿No puedes quedarte? – Pidió en un último intento.
-Si puedo – Reconocí, desviando la mirada – Pero no quiero, no te ofendas.
-No puedes decir algo así y pretender que no me siente mal.
-No puedes pretender que no lo sienta – Me encogí de hombros y entré en la facultad. No me di la vuelta, no me giré, no paré hasta llegar al aula de la siguiente clase. No me arrepentí de ninguna de mis palabras, ni de mi decisión.
Sonreí: No sentí absolutamente nada. 

viernes, 22 de junio de 2012

Goodbye my lover.


-Hace mucho que no te veo.
-Ya…
-¿Ya? ¿Eso es todo? ¿No tienes ganas de verme? – A pesar de encontrarse a kilómetros de distancia, probablemente al lado de una chica alta y bastante guapa, noté algo de rencor en su voz. Lo suficiente como para que sonriera divertida.
-No especialmente – Respondí con cara de indiferencia, a pesar de que él no podía verme.
-Gab… ¿Qué pasa?
-Nada. Hace mucho tiempo que no pasa nada. Hace unos meses probablemente me hubiera histerizado, pero ahora me da igual. No quiero que pase nada, no quiero que vuelva a pasar nada. Ya no te quiero.
-Eso es mentira, y lo sabes – Discutió con menos seguridad que nunca.
-No… Eso es mentira, y lo sabes – Respondí sonriendo aliviada – Goodbye my lover. 


viernes, 25 de mayo de 2012

Sonríe, hoy puede ser un buen día.



Me despertó el suave piar del pájaro que había decidido anidar en el alféizar de la ventana de mi dormitorio, unos meses atrás. Si bien normalmente me molestaba hasta límites insospechados, aquella mañana sonaba diferente, incluso me atrevería a decir que agradable.
Pero mi felicidad se vio pronto empañada, al girarme sonriendo de oreja a oreja y encontrarme con que estaba completamente solo. No había ni rastro de Camille.
Su lado de la cama estaba cuidadosamente hecho, como si nadie hubiera dormido allí. La ropa que la noche anterior había sido lanzada por doquier, aterrizando la mayor parte sobre el escritorio, había desaparecido. Y mi camisa azul, aquella que tanto le gustaba ponerse, estaba pulcramente doblada sobre la silla.
Me levanté aún un poco desorientado, para echar un vistazo por el resto del apartamento, convencido, o más bien deseando fervorosamente, encontrarla sentada en el sofá rasgando las cuerdas de su guitarra, o destrozando la cocina intentando hacer el desayuno… pero no tardé en volver cabizbajo al dormitorio, frustrado por mi infructuosa búsqueda.
Me senté en su lado de la cama, buscando algo que me corroborara su presencia a mi lado la noche anterior.  Tomé la almohada para hundir la nariz en ella, intentando captar el olor de su perfume, pero fue en vano. Era como si se hubiera esfumado.
Tras un par de minutos, que se me hicieron inusualmente eternos, sentado en el borde de la cama, intentando controlar el torrente de sentimientos que parecían a punto de superarme, me arrastré hacia el escritorio para terminar la historia que tenía que entregar aquella misma tarde. Y allí la vi, al lado de mi libreta, escrita con mi propia pluma.




Cuando me desperté estaba solo. No había ni rastro de Camille.
Tan solo me quedaba una nota pulcramente escrita con su caligrafía pequeña y cursiva, abierta sobre mi escritorio.

“Sonríe. Hoy puede ser un gran día”

Camille